Al igual que el árbol viejo, un hombre o una mujer viejos se inclinan, se encogen, resisten… Y continúan dando frutos hasta el final. Es la antepenúltima prueba de sabiduría a la que nos enfrentamos: aprender a envejecer y reencontrar los infinitos caminos de regreso a la vida, a la calma, al propio cuerpo, al bosque.
Es la antepenúltima prueba de sabiduría: aprender a envejecer y reconocerse en los momentos eternos de amor o inspiración. La aceptación de la vejez y de la muerte son las asignaturas más difíciles.
Es así como caemos en la cuenta, que somos lo que somos a causa de la memoria, pero también del olvido contra el que luchamos con uñas y dientes hasta el punto final.
Aunque en el plano físico la vida es una montaña que asciende y
desciende, en el plano espiritual
estamos en el centro mismo del tiempo, y en la medida en que lo comprendemos o no, podemos vivir como el anciano sabio o como el viejo amargado.
La “eterna juventud” a la que aspira nuestra era está condenada a un
Alzheimer colectivo, causado por el menosprecio de la memoria que nos
sostiene y de la tradición que nos une a la Tierra. Por eso, es preciso
recobrar las funciones y el prestigio de la ancianidad en todas sus
dimensiones, porque es indispensable la referencia de lo que ellos son y lo que nos cuentan para crecer de forma saludable.
Es útil pensar, asimismo, qué queremos ser de mayores. Sin duda, cada
cual tiene su tiempo y ritmo de maduración y su ideal de vejez, pero hay
que preguntarse si crecemos en humildad o en prepotencia, en sosiego o
avidez, si nos hacemos más sabios y dignos o nos vamos
convirtiendo en uno de esos viejos egoístas, desconfiados y patéticos;
si cultivamos la ternura y la sensibilidad y somos capaces de aprender y
enseñar a vivir en sintonía con la Abuela Tierra.
Alguna vez un amigo Amable, que a sus 93 años sigue plantando árboles como si fuera a vivir para siempre, expresaba su soledad sin desolación con una frase lapidaria: “Yo ya no tengo a quien preguntar nada”.
Los que sabían más que él se fueron y somos muchos los que nos acercamos para preguntar y aprender de este.
A su lado nos damos cuenta de que a los padres, a los mayores, hay que vivirlos ahora; cuando
se van, surgen todas las preguntas que ya nunca podrán responder y el
cariño que ya no podrá manifestarse. Para los que no creemos en
reencarnaciones, fantasmas, infiernos o paraísos, quizá especialmente
para nosotros, existe un más allá que nos impulsa a aprender, enseñar y
gozar de manera apasionada.
El anciano que supo envejecer continúa “plantando árboles” que no
serán para él; ha aprendido a destilar lo superfluo y a escoger y
propagar las semillas de lo esencial; a ser más flexible y tolerante a
la vez que riguroso; a dejar de intentar cambiar a los otros y al mundo y
contentarse con aportar un granito de arena.
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