Aceptémoslo. Somos tan humanos como cualquier otra persona. Tenemos necesidades personales que tal vez no hemos admitido en el pasado y que ahora resurgen en forma de agobio o desinterés. Tenemos la certeza de que, alguna vez, nuestros deseos ocultos y necesidades personales pueden ubicarse en el centro de atención.
Cuando llegamos al colapso es cuando nos otorgamos el permiso para ocuparnos de nosotros mismos. En buena hora.
Como todas las actividades cotidianas,
laborales, familiares o sociales, el tiempo para nosotros mismos también requiere un lugar específico en nuestra agenda. Si no logramos que figure en nuestro cuaderno personal, difícilmente podremos establecerlo y después respetarlo.
En esos casos, frustrados por no ser capaces de fijar un lapso de privacidad, culparemos a quienes nos demandan atención. Pero somos nosotros mismos quienes tenemos que visibilizar un deseo genuino.
Por lo tanto, he aquí el primer paso: definir un momento para nuestro uso personal.
Los lunes por la mañana, los sábados al mediodía, los jueves y viernes
entre la salida de la oficina y la supuesta llegada a casa. Cuando sea, mientras honremos esa oportunidad.
No obstante, sí es fundamental que quienes nos rodean estén al tanto de nuestra nueva voluntad personal.
La compartan o no, les guste o no, acabamos de tomar una decisión
beneficiosa para nosotros mismos, por lo tanto, terminará siendo
provechosa para todos.
Por ello, el segundo paso es informar a las personas de nuestro entorno:
parejas, hijos, amigos o padres de nuestra decisión. Y les pediremos,
no solo que nos respeten ese pequeño periodo dedicado a nosotros mismos,
sino sobre todo que ellos se conviertan en guardianes de nuestras frágiles determinaciones.
Les pediremos que nos recuerden una y otra vez que no somos
imprescindibles y que nuestro momento personal es tan sagrado como
cualquier otra urgencia ordinaria.
¿Qué hacemos con ese tiempo solo para nosotros?
El tercer paso es el más complejo: decidir en qué invertir ese tiempo que “sobra”.
Ese espacio propio podemos llenarlo con una actividad concreta, pero también con una aparente carencia de acciones.
- Es decir, podemos apuntarnos finalmente a las clases de meditación que tanto nos han recomendado, recibir unos buenos masajes tántricos, participar en ceremonias con sonidos de cuencos tibetanos, vernos con amigos queridos, aprender a tejer, practicar inglés o caminar por la orilla del mar descalzos.
- O bien estar en silencio, buscar un ámbito donde nadie nos moleste y descansar. Escribir. Escalar. Nadar. Cocinar. O lo que sea que hagamos o no hagamos sabiendo que es por puro placer personal y sin ningún propósito ni resultado.
Una vez que hemos alcanzado ese respeto por nosotros mismos,
entonces sí, dirigiremos nuestros deseos de benevolencia hacia quienes
nos rodean, sabiendo que si estamos suficientemente anclados en nuestro
eje interior, podremos amar y estar al servicio de los demás.

Comentarios
Publicar un comentario